Creo a mis 24 años de edad, por más que esté ocupada con la universidad o el trabajo, paso un 50% de mi día -y noche- en redes sociales o en el teléfono. Mi tiempo no sólo lo consume esto si no también las 6 (!!!!) cuentas de correo y las 7 aplicaciones de mensajería que tengo en mi iPhone, entre muuuuchas otras distracciones. Si no es en mi celular, las tengo en mi iPad o computadora. El punto es- siempre, siempre, estoy conectada. Amo las redes sociales.

El 31 de diciembre por la mañana, tuve un pequeño incidente y me robaron mi celular. Ya que el proceso en cualquiera de las compañías telefónicas salvadoreñas no es el más rápido, pase un mes sin celular.

En un principio todo bien, fue hasta relajante no tener que revisar mi teléfono cada 2 segundos por un mensaje, tweet o “like” de instagram. A los pocos días de no tener celular, mi mamá me dio un aparato de mil novecientos ayer para que anduviera “comunicada”. Mi aparato no tenía plan de internet y sólo podía mandar mensajes de texto o hacer/recibir llamadas. A este lindo y apreciado aparato le llamo “chicharrita”. Tener mi chicharrita me obligó a hacer el esfuerzo de llamar a mis amigos y familia cuando necesitaba comunicarme y no hacerlo por medios digitales como estoy acostumbrada.

Creo que todos sabemos que la tecnología y redes sociales nos pueden alejar de las personas en vez de acercarnos. Cada vez dependemos más y más de nuestros celulares, y nos alejamos cada vez más de la forma más primitiva y efectiva de comunicación- la conversación cara a cara. Texteamos en vez de tener una verdadera conversación con alguien y nos perdemos tantos pequeños detalles de la vida por estar pegados al celular.

Pasar todo enero “incomunicada” me hizo revalorar las relaciones en mi vida. Me recordó quienes hacían el esfuerzo por hablar conmigo y aquellos amigos o familia que creen que están en mi vida sólo por un comentario en Facebook. Me recordó lo lindo que es disfrutar de la compañía de mi mamá un domingo sin tener que estar revisando o contestando mensajes cada 30 segundos. Fue ese domingo con mi mami que entendí el porqué de la regla tácita en mi casa de no celulares en la mesa. Nunca tuve problemas con esa regla, pero tampoco me gustaba mucho. Se disfruta tanto en una conversación de verdad. Se aprende tanto con los gestos faciales que muchas veces nos perdemos a media conversación por este viendo de reojo al celular.

Mi consejo? Todo con moderación. Si usan más el celular para el trabajo, pongan limites. Por ejemplo, no llamadas o correos los domingos, o después de las 10pm en día de semana. Pasen más tiempo con su familia. Hagan un esfuerzo por LLAMAR a ese amigo y no mandarle solo un mensaje por whatsapp. No les voy a mentir o exagerar y decirles que le dediqué 10 horas al día a mi familia y amigos y no me metí a redes sociales durante enero. Pero sin mentirles, fue uno de los meses más tranquilos que he tenido. Mi cerebro se desconectó y tuve tiempo de leer mucho más de lo usual, e incluso ver un par de series (enteras) que no había tenido tiempo en meses. Como House of Cards (!!!). PS, ya vieron la segunda temporada?!

Para terminar, otra pequeña sugerencia. Cuando salgo a comer con amigos entre clases o después de un largo día, hemos establecido la regla que todos debemos de poner nuestros celulares en una torre al centro de la mesa. No podemos tocar los celulares a menos que la llamada o mensaje sea de nuestros papás o una emergencia de verdad. Si no hacemos caso a la regla, el que la rompe paga toda la cuenta de la mesa. Créanme, ya lo hemos hecho. Funciona como maravilla en grupos de amigos. Esto nos permite tener mejores conversaciones y tiempo de calidad con personas que con las que igual estamos haciendo el tiempo para ver de todos modos.

Los invito a probar estos tips. Van a ser más felices y estarán más tranquilos. Un detox, por más no intencional que fue, me sirvió de mucho y no cae mal de vez en cuando.

 

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